La vida en este pueblo de la sierra veracruzana transita entre la bruma mañanera y la tranquilidad casi melancólica de sus habitantes. artesanos de oficio, aquí se curten y cortan algunos de los mejores zapatos del país
Texto: Cyntia Moncada
Cuando la niebla baña la sierra veracruzana no se sabe dónde comienza el cielo. Entonces los pueblos que la habitan quedan hundidos en la bruma espesa, se mueven a su propio ritmo y caminan a su tiempo. Ahí, entre la sierra Chiconquiaco está Naolinco, un municipio que parece suspendido desde hace dos siglos y que gira al compás de la música de los zapateros: los golpes –cada vez más aislados– de los mazos, el crujir de los cueros al ser trozados y el picoteo de las máquinas.
A 23 kilómetros de Xalapa, Naolinco (nombre náhuatl que significa "Las cuatro estaciones del año" o "Lugar consagrado al Sol") está ubicado en la zona montañosa central de Veracruz. En su tiempo fue una importante ciudad totonaca y en la actualidad es una de las entidades productoras de zapatos artesanales más importantes del país.
Alejado del bullicio de las ciudades, en este municipio predomina una tranquilidad casi melancólica. Por las tardes, sus calles adoquinadas y angostas sólo son transitadas por algún niño equilibrista que anda con su canasta de pan en la cabeza, hombres que cargan costales de zapatos en la espalda y dependientas que, a falta de clientes, salen a tomar aire fresco.
Sin embargo, al llegar el fin de semana, las largas calles empinadas se llenan de la algarabía de un mercado, de visitantes que viajan desde distintos puntos del país para adquirir los productos que se fabrican en Naolinco desde hace más de dos siglos.
A lo largo del Callejón del Zapato, que abarca varias cuadras y termina en la plaza principal, las pequeñas casas de teja y fachadas coloridas han sido adaptadas como negocios. Cientos de botas, botines, mocasines, zapatillas, bolsos, cinturones y sandalias de todos colores y texturas llenan los aparadores. Las cocinas de los restaurantes tradicionales (“Josefina”, “Marce”) trabajan a marchas forzadas, y el chile relleno, el mole naolinqueño y los tamales extienden por todo el pueblo su exquisito sabor.
Una parte de la familia se vuelca a sus negocios, mientras el resto trabaja para llenar las bodegas, porque sólo durante el fin de semana podrán obtener lo necesario para vivir, por lo menos hasta que la clientela regrese una semana después.
Del huarache al botín
Todo empezó cuando Francisco Hernández, un artesano procedente de Menorca, España, llegó a Naolinco en 1723 y enseñó a los nativos su oficio. Desde entonces el pueblo porta con orgullo el título de “zapatero” y el oficio es heredado de una generación a otra casi como un ritual. Familias enteras se dedican por entero al negocio que emplea tanto a los abuelos como a los hijos más pequeños.
Héctor Manuel Gómez Cauz, director de Desarrollo Económico del municipio, lleva el oficio en la sangre y conoce la historia porque la escuchó cientos de veces de sus mayores. Cuenta que al principio sólo se hacían huaraches, de los que usaba la gente del pueblo, pero fue el botín el que abrió la industria y, junto con el zapatón para dama, consolidó el oficio. A partir de entonces ha evolucionando y crecido de modo que, en la actualidad, se produce cualquier tipo de calzado y emplea al 80 por ciento de los naolinqueños, que en la cabecera municipal suman poco más de 8 mil.
Estos negocios se montan en una casa habitación, se reúne a la familia o amigos (ocupan entre 6 y 10 personas), sin distinción de sexo ni edad y, con ayuda de una máquina de coser, se comienza a trabajar. Así, los más de 200 negocios, producen unos 30 mil pares al mes (más la producción de accesorios y ropa).
Sin embargo, pese a la calidad artesanal y la variedad de los productos, la mínima cantidad se vende fuera del pueblo. Héctor Manuel Gómez lo atribuye a la falta de capacitación y preparación de los productores. Y, aunque la considera una industria fuerte: “ha pasado de todo, crisis, devaluaciones, pero la industria del zapato no se ha caído”, la competencia con el mercado extranjero que vende a precios más bajos y menos calidad, les hace ver un futuro desalentador. Su única forma de sobrevivir, explica, será con la aplicación de mejores y más modernas técnicas.
Zapatero a su zapato
Sentado en un banquito de madera, junto a la puerta abierta de su casa, Antonio Cuellar García sostiene sobre sus manos (rugosas y toscas) una bota a medio terminar. En la mesa que está a su lado tiene todo que necesita para ganarse la vida: pegamento, brochas, trozos de piel, clavos y toda clase de instrumentos de madera. Sus manos se mueven con destreza, al ritmo de un proceso mil veces repetido. En la radio que tiene colgada a la pared se escucha una voz tan cansada y vieja, que parece haber viajado mucho antes de llegar ahí.
Es de tarde en Naolinco y la neblina empieza a colarse por la puerta. A sus 88 años, Antonio Cuellar García es el zapatero más longevo del pueblo, aún así no ha dejado de trabajar. Aprendió el oficio a los 14 años, como casi todos los del pueblo, por instrucción de sus padres y desde entonces no ha hecho otra cosa.
Hasta hace poco tiempo don Antonio participaba cada año en la danza de los Moros y Cristianos, durante las tradicionales fiestas de septiembre. Ahora ya no es lo mismo, dice. Parece que lo único que le entristece es que la danza ya no sea como antes, como en sus tiempos o los de sus abuelos.
Antonio produce 12 pares a la semana por los que se gana unos 140 pesos y con eso sobrevive. El orgullo que le provoca ser zapatero es evidente, nunca se cansa de su oficio y eso seguirá haciendo cuando esté viejo –dice mientras da unos pequeños pasos y sonríe– aunque para eso todavía falte bastante.
(Texto publicado en la revista Día Siete)